Otros viajes

República de Panamá 2018

19 de marzo, ciudad de Panamá28 de marzo, Boquete
20 de marzo, ciudad de Panamá, el Canal 29 de marzo, Boquete
21 de marzo, ciudad de Panamá, Soberanía 30 de marzo, Boquete, Almirante, Bocas del Toro, Carenero
22 de marzo, ciudad de Panamá, El Valle de Antón 31 de marzo, Carenero, Bocas del Toro
23 de marzo, El Valle de Antón 1 de abril, Bocas del Toro
24 de marzo, El Valle de Antón 2 de abril, Santiago
25 de marzo, El Valle de Antón, Santa Fe3 de abril, ciudad de Panamá
26 de marzo, Santa Fe 4 de abril, ciudad de Panamá
27 de marzo, Boquete Datos económicos del viaje

21 de marzo, miércoles

    Durante el desayuno de ayer ya me llamó la atención no ver ningún salero sobre las mesas; hoy escuchamos al jefe de sala explicarle a un cliente que se trata de un intento del MINSA (Ministerio de Salud) por mejorar la salud de los ciudadanos. Los datos médicos que maneja la Caja del Seguro Social indican que gran parte de la población está obesa y además toma demasiado, ese incremento de grasa reduce la sección de paso de la sangre por venas y arterias, lo que provoca que la presión sanguinea aumente y la ingesta de sal en exceso inhibe los complejos mecánismos que regulan la presión sanguinea. Y si la presión aumenta... cuidado... tu corazón, cereblo y riñones se pueden ver afectados de un sinfín de maneras. Así que el ministro acordó el año pasado con la Asociación de Restaurantes la retirada de saleros de las mesas que solo se colocarán a petición del cliente. Es una medida voluntaria a la que se han sumado cientos de restaurantes, no todos.
    Hoy queremos hacer una caminata por el parque nacional Soberanía, así que vamos a rentar un auto en la agencia Thrifty de Vía España, a quinientos metros de nuestro hotel. Lo reservé por Internet hace más de un mes y no tuvimos que adelantar dinero, lo que me preocupa. La hora de entrega es a las nueve y nos presentamos con el papel de la reserva cinco minutos antes.
Coche de alquiler de Thrifty
Echo una ojeada a los carros y ya veo que no tienen ninguno de la categoría que hemos pedido. La cara de la empleada lo dice todo. Algo nerviosa, me pregunta que si tengo el código de reserva. ¿No es el papel que le acabo de dar? Afortunadamente, una pareja entra justo después de nosotros y entrega un auto de la misma categoría que el reservado y además impoluto, no necesitan ni lavarlo, seguramente lo habrán utilizado un día o dos. Nos confirman que funciona de maravilla. Es automático, como el noventa por ciento de los carros en Panamá. Salgo de la oficina y lo reviso junto con un empleado para asegurarme de que anote todos las pequeños desperfectos sobre un dibujo esquemático del auto. También hago fotos por dentro y por fuera, hasta a la rueda de repuesto, que nunca sabes lo que te van a reclamar. Nos avisan que nos cobrarán cincuenta dólares si lo devolvemos anormalmente sucio y de que la franquicia es de doscientos cincuenta dólares si tenemos algún accidente. En el precio del alquiler incluimos el Panapass, obligatorio para circular por el Corredor Sur o Norte. No hay alternativa al telepeaje, no puedes pagar en metálico en las cabinas de peaje —ni tampoco en el metro o el metrobús—. El precio del Panapass es un fijo de ocho dólares más el gasto en peajes.
    Ponemos en nuestro navegador la dirección del parque nacional de Soberanía, un poco más allá de Gamboa; son treinta y seis kilómtros, unos cuarenta minutos en coche. Poco antes de Gamboa cruzamos el río Chagres o río de los Lagartos —así le bautizó Colón en 1502— por un antiguo puente de un solo carril regulado por semáforo. Lo curioso es que las ruedas circulan sobre unos estrechos tablones longitudinales de madera elevados sobre el tablero del puente. Si te sales de ellos tienes un problema.
    Dejamos el auto justo donde termina el camino de gravilla y comienza el de tierra —si llueve tendríamos problemas en el barro—, que coincide con la caseta verde y amarilla. Caminamos dos kilómetros y encontramos una bifurcación; el camino de la izquierda conduce al centro de visitantes del Panama Rainforest Discovery Center, que cuenta con un sendero de dos kilómetros. La "donación" es de treinta dólares por persona. Tiene la ventaja de que se puede subir a una plataforma que se eleva por encima del dosel y hay dispensadores de néctar para los colibríes, así que las fotos de estos picaflores están casi garantizadas. El de la derecha es el Camino del Oleoducto, de dieciséis kilómetros, construido por los estadounidenses durante la segunda guerra mundial para dar mantenimiento a una tubería de petróleo, a utilizar en caso de bombardeo del Canal. La entrada cuesta cinco dólares para no residentes, pero ningún empleado aparece para cobrarlos.

Camino del Oleoducto en el Parque Nacional Soberanía.

    Se trata de ojear animales, así que caminamos despacio, sin hacer ruido. Somos conscientes de que hemos llegado muy tarde, son las once, así que raro será que veamos algo. ¡Chuleta! ¿Qué es eso que se mueve entre la hojarasca de los bordes del camino? ¿Alguna serpiente, tarántula, escorpión? Ah no, lagartijas. Nada menos que cien especies de lagartijas se dan en Panamá y en 2015 se descubrieron otras tres. Un animal fácil de observar es la hormiga; incansables y disciplinadas cruzan el camino llevando diminutos trozos de hojas de los árboles al hormiguero. Enseguida oimos a los monos aulladores, si no supieramos lo pequeños que son, darían miedo; este grupo está lejos pero más adelante vemos otra familia que se acerca hasta el camino armando un ruido tremendo, y cuidado con ponerse debajo porque han roto una rama tan grande que podría hacernos daño si nos hubiera caído encima. Los monos nos miran con curiosidad, sin miedo. Además agitan las ramas con fuerza y caen muchos frutos, sobre todo, higos de los higuerones, todo el camino está repleto de ellos. Lástima que no sean comestibles. De repente, aparece un ñeque; se queda como paralizado en medio del camino, nos mira unos segundos y sigue su camino. Más adelante se repite la escena pero con un venado solitario, algo raro, porque es animal nocturno. Después llegamos hasta el Frijolito, un riachuelo cristalino con abundantes peces. Medio escondida en la orilla descubrimos una garza muy grande, creo que nocturna (Nycticorax hoactil). Los basiliscos son también muy comunes cerca de cualquier masa de agua. El Frijolito marca el final de nuestro paseo; regresamos hasta el centro de visitantes del Panama Rainforest Discovery Center, a tomar un refresco. Solo una ardilla se cruza en nuestro camino.

Centro de visitantes del Panama Rainforest Discovery

    Carlos es biólogo y se ocupa hoy de atender el centro de visitantes. Dice que este es uno de los mejores lugares del mundo para avistar aves, que hay unas 525 especies, que el Camino del Oleoducto posee el record mundial de observación de aves en veinticuatro horas, nada menos que 386 especies, pero claro, no le extraña que apenas hayamos visto dos o tres pájaros, hay que madrugar, caminar sin hacer ruido y vestir colores discretos. Cuando los animales escuchan el crujir de las hojas secas bajo nuestras pisadas ellos no se mueven; hubiera sido mejor traernos una silla y quedarnos quietos. Le preguntamos por las cintas de colores colocadas en el tronco de algunos árboles, dice que las ponen los científicos del Smithsonian, esta es un área de uso científico. Nos explica que los insectos en Europa son más grandes que los del Caribe por una sustancia que tienen las hojas, no lo hemos entendido bien. Carlos suele trabajar de guía y le hace gracia la gente que viene a observar animales con camisetas de colores estridentes —seguro que lo dice por mi camiseta—, a él, el primer día de trabajo hasta los colibríes revoloteaban alrededor de su camiseta roja. Carlos dice que tengamos cuidado con el pangolín si se cruza en la carretera, es un bicho que no se aparta, te desafía y se pone de pie. La experiencia más asombrosa que ha tenido fue cuando estando aquí mismo, en la caseta, pasó por encima una marabunta de hormigas guerreras. Fue algo increíble.
    A las cuatro dejamos el parque Soberanía y regresamos a ciudad de Panamá. Otra vez encontramos mucho tráfico, retenciones y desvios por obras. Los grandes camiones van como locos, ajenos por completo a los límites de velocidad. Tan normal es que te adelanten por la izquierda como por el hombro (arcén). El panameño desprecia las reglas de circulación, se rien las muelas de los que cumplen. Es comprensible, las líneas del suelo no están bien marcadas, hay pocos semáforos, el mantenimiento del firme es deficiente, en las intersecciones impera la ley del más fuerte y, sobre todo, no hay Policía que haga cumplir la ley. En las horas punta desaparecen. Si esperas a tener la derecha libre la gente detrás tuyo te empieza a pitar porque son unos ansiosos, no tienen paciencia, y te obligan a meter el morrro. En fin, conducir en ciudad de Panamá hay que evitarlo a toda costa, para eso están los taxis, de precio contenido, además. Llama la atención que, por ejemplo, en 2016 el cuarenta y cinco por ciento de las 447 muertos por accidentes de tráfico fueron peatones, así que.. cuidadito al cruzar.

Mercado de mariscos de ciudad de Panamá

    Es muy tarde y tenemos hambre. Aparcamos en el paseo marítimo. Nos acercamos al mercado de mariscos. Un vigilante con botas de goma nos impide la entrada; se han terminado las ventas de pescado y ya lo han limpiado todo. Por detrás del mercado están los restaurantes de pescado; al acercarnos los camareros se muestran muy agresivos, nos persiguen con la carta de platos intentando convencernos de que nos sentemos en su restaurante. Pero nosotros queremos, primero, ver la mercancia. El lugar es algo sucio, cutre, con mal olor, los cuchillos y tenedores son de plástico y el pescado lo guardan en cofres frigoríficos, no está a la vista. No nos convence. Nos marchamos caminando al casco antiguo. Entramos en el casco viejo en hora punta, a las cinco y media. Escogemos el AKI, un restaurante de sushi. Los del SPP (Servicio Policial Presidencial) pasan delante del restaurante en ordenada formación, corriendo y cantando por las calles del casco antiguo al más puro estilo yanqui. El paseo marítimo o Cinta Costera, como ellos le llaman, lo aprovechan para hacer deporte y grupos numerosos de chicas practican bailes; se lo toman muy en serio. También vamos varias pistas de tenis. A pesar de existir un magnífico carril bici no hemos visto ni un solo ciclista utilizarlo. Panamá es increíblemente ruidosa, los motores de los camiones, el continuo ruido de los martillos pilones, la música de los autos a todo volumen. El Eurostars ofrece aparcamiento gratuito, así que dejamos el auto en la planta dos del hotel.

Copyright © 2014 - MRB

La propiedad intelectual de los textos y de las fotos me pertenece, por lo que está prohibida su reproducción total o parcial sin mi expresa autorización.