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República de Panamá 2018

19 de marzo, ciudad de Panamá 28 de marzo, Boquete
20 de marzo, ciudad de Panamá, el Canal 29 de marzo, Boquete
21 de marzo, ciudad de Panamá, Soberanía 30 de marzo, Boquete, Almirante, Bocas del Toro, Carenero
22 de marzo, ciudad de Panamá, El Valle de Antón 31 de marzo, Carenero, Bocas del Toro
23 de marzo, El Valle de Antón 1 de abril, Bocas del Toro
24 de marzo, El Valle de Antón 2 de abril, Santiago
25 de marzo, El Valle de Antón, Santa Fe 3 de abril, ciudad de Panamá
26 de marzo, Santa Fe 4 de abril, ciudad de Panamá
27 de marzo, Boquete Datos económicos del viaje

1 de abril, domingo

    Por fin vemos el sol, cielo despejado de nubes y calor. ¡A la playa! Hoy nos vamos a playa Estrella en la costa oeste de isla Colón. Desde el pantalán de nuestro hotel, el Faro del Colibrí, agitamos la mano a cualquier taxi-lancha que pase cerca y nos lleva en dos minutos hasta Bocas Town. La buseta hacia la playa sale desde el parque Simón Bolívar, esperamos. Se va acumulando gente. Sin guardar cola. Llega una buseta sin distintivo. ¿Será esa? La gente se baja, preguntamos al chofer. Sí, esta es. y como no se ha guardado ninguna cola, la entrada a la buseta es caótica. La buseta va llena, como piojos en costura. La carretera no es ninguna autopista, sin señalizaciones ni pintura, llena de baches, curvas, subidas y bajadas y la música a tope. Todas las ventanillas abiertas porque dentro hace un calor del demonio. Tardamos treinta y cinco minutos en recorrer dieciséis kilómetros pero se me hace larguísimo por los baches asesinos que nos castigan el trasero. La carretera termina en la playa Boca del Drago. Desde aquí a playa Estrella se toma otra taxi-lancha o bien llegas andando a través de un camino que discurre al borde del mar y resulta placentero porque la vegetación caribeña es agradable a la vista en un día luminoso.

¡Bienvenidos a playa Estrella!

    La trocha discurre paralela al mar y hoy, con el cielo azul y ese turquesa del mar, parece que realmente estuvieras en el paraiso, lástima que a orillas del camino alguien lo utiliza para echar la basura: bolsas de plástico rotas por los animales, envases de plástico, latas de aceite de coche, cartones de tetrabrick.
    De primeras, playa Estrella no parece tan idílica como dicen. Las tumbonas de alquiler ocupan los primeros metros de la playa, después viene el pestazo de los motores diesel de los taxi-lanchas con turistas que llegan de Boca del Drago. En el centro se sitúan los chiringuitos con sus terrazas de mesas y sillas y el olor a fritanga que sale de sus cocinas y la música de sus altavoces. Seguimos adelante en busca de mayor tranquilidad. Casi al final de la playa encontramos un lugar bajo la sombra de las palmeras y donde la música pachanguera solo es un murmullo lejano. Si fuera calipso o reggae hasta la podría aguantar pero no, aquí gusta una especie de merengue electrónico con unas letras tremendamente simples y machistas.
    Como vamos a pasar unas cuentas horas en la playa vamos a ponernos cómodos, qué menos que alquilar unas reposeras. Allá veo una montaña de ellas, todas apiladas, me acerco y veo que están llenas de arena y con las lamas rotas. Una mujer regordeta a lo lejos no me quita ojo, será la dueña. Le pregunto que cuánto. Me mira con cara de asco y que son cinco dólares cada. La tipa coge el dinero y se va. Yo tengo que escoger la tumbona, limpiarla y trasladarla. Colocamos las reposeras a la sombra de las palmeras, con cuidado de no coincidir con la trayectoria gravitacional de los cocos, que caen cuando están maduros, sin necesidad de estación. Durante diez minutos nos sentimos en el paraíso, hasta que llega una familia al completo, tres niños, la pareja y los abuelos. Se coloca a tres metros de nosotros, y encienden el radiocassette. El niño más pequeño, no habla, grita con voz rabiosa, chillona, reclamando toda la atención: "Abuelo, tráeme el balón", "papá, mira hasta dónde me cubre", "mamá, tengo hambre". Sus dos hermanas, no más de doce añitos, con melena hasta la cintura y ya con sobrepeso, no paran de hacer poses y sacarse selfis con el celular.

Chiringuito playero en playa Estrella

    La aficción a la música es notable en el Caribe, nunca falta: en el minibús, en los chiringuitos de playa, en los restaurantes, en las tiendas, en las oficinas. Los jóvenes caminan por la calle con enormes radios pegadas a la oreja. ¿Y qué tipo de musica? Los tiempos del calipso de Lord Cobra y los Beachers ya quedaron atrás, ahora molan los grupos como Daddy Yanquee, Bruno Mars, Post Malone, o sea, música elaborada con máquinas que distorsionan el sonido y convierten cualquier voz en un Carusso. A mí todos me suenan igual. Agarramos las tumbonas y nos alejamos aún más, desde aquí se sigue escuchando pero al menos el volumen de la música es soportable.
    Una lancha patrullera del Servicio Nacional Aeronaval atraca en medio de la playa y desembarcan tres soldados del ejército armados con metralletas y vestidos de mimeta. Estas patrullas tratan de que los turistas nos sintamos más seguros y tienen que ver con el asesinato, el año pasado, de una turista americana de veintitrés años en isla Bastimentos cuando atajaba por un sendero boscoso hacia la playa Red Frog, como hacen cientos de turistas cada día. El asesino resultó ser una chaval de diecisiete años que ha sido condenado a doce años.
Pescador con raya
    Para comer, mi mujer se acerca a uno de los chiringuitos playeros y aparece con una caja de espanso, unos tenedores y cuchillos de plástico y unas generosas porciones de piña y mango.
    Cuando vamos de retirada, vemos que unos pocos turistas miran a los árboles, enseguida vemos varios perezosos entre las ramas, a media altura; un poco más adelante, echo otro vistazo a los árboles y diviso con facilidad otra pareja de perezosos.
    Regresamos a Bocas Town y cenamos en Bocart Gastronomic. Hace una noche muy calurosa y húmeda, la cara me brilla por el sudor. Un pescador ha cogido algo grande, salgo del restaurante y me acerco a la orilla, se trata de una raya. La devuelve al agua, parece que no aprecian su carne.

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