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Guadalupe 2019

3 de diciembre, Sainte-Anne 11 de diciembre, Zoo Parc des Mamelles
4 de diciembre, Sainte-Anne, Saint-François 12 de diciembre, Basse-Terre
5 de diciembre, Pointe-à-Pitre 13 de diciembre, Bouillante
6 de diciembre, Bois Jolan 14 de diciembre, Chutes de Carbet, Roches Gravées
7 de diciembre, Le Moule, Saint-François 15 de diciembre, Grande Anse, Malendure
8 de diciembre, La Porte d'Enfer, Anse Bertrand, Petit-Canal 16 de diciembre, Bouillante
9 de diciembre, Museo Edgar Clerc, Morne-à-l'Eau Datos económicos
10 de diciembre, Deshaies

9 de diciembre, lunes

    Ha llovido algo durante la noche y como todas las mañanas, hace un viento bastante fuerte, pero la temperatura es fantástica. Desayunamos nuestros cereales con leche, pan tostado con aguacate y tomate y mi maracuyá, con pepitas y todo y nos largamos andando hasta el museo Edgar Clerc Caribbean Heritage Museum, que lo tenemos a cien metros.

Museo Edgar Clerc Caribbean Heritage

    El edificio no es ninguna joya arquitectónica, pero tiene un precioso parque con palmeras reales y el contenido del museo resulta interesante gracias a las abundantes explicaciones de sus paneles. No contiene muchos artefactos: algunos objetos precolombinos como cerámicas y herramientas de concha y piedra. Lo demás son recreaciones de enterramientos y maquetas. Los paneles tratan los temas de los ritos funerarios de los amerindios, su estilo de vida, las fiestas y danzas, la construcción de las canoas y piraguas, el proceso de la colonización española y francesa, la arquitectura militar, la esclavitud en las haciendas coloniales, la cerámica doméstica en la época colonial, etc. El jardín merece la pena, tiene muchas flores con cartelitos con los nombres. el estrangulador, el calebassier (Crescentia cujete), perle du Zanzibar (Majidea zanguebarica), pomme macaque (Morinda citrifolia) de donde se saca el jugo de noni, bois cannelle (Canella winterana), bois d'Inde (Pimenta racemosa), roucou (Bixa orellana), cotonnier (Gossypium barbadense), corosol (Annona muricata), papayeros, maracuyás, plataneros, pitaya (Hylocereus purpusii), vainilla, etc.
    De regreso a nuestro alojamiento, los perros de las casas aledañas ni nos ladran, tras dos pasadas ya nos conocen y ni se molestan en levantarse. ¿Quién decía que los animales funcionan por instinto? Sabes aquel perro que le presentaban tres cuencos cerrados pero que él podía oler. Uno con comida que le chiflaba, otro con comida que le resultaba indiferente y otro vacío. El cuidador A le destapaba el cuenco que el apuntaba, cuando señalaba la comida rica, el cuidador se la llevaba y dejaba al perro con un palmo de narices. Otro cuidador B le daba la comida que el quería. El perro no tardó en comprender la situación. Con el cuidador A ya no apuntaba a la comida rica, sino al cuenco vacío, porque sabía que se la llevaba, y con el cuidador B siempre apuntaba a la rica. ¿Esto es instinto o inteligencia?
    Nos hemos tapiñado unas berenjenas y una ensalada y para la una abandonamos este apartamento con un poco de pena, el Atlantic Lodge está muy bien decorado, es cómodo, tranquilo y su situación y vistas son bonísimas. Nos marchamos hacia Base-Terre en busca de nuestro próximo y último alojamiento, donde pasaremos los siete días restantes.

Cementerio de Morne-à-l'Eau

   Camino de Basse-Terre paramos frente al famoso cementerio de Morne-à-l'Eau para ver las tumbas y panteones ajedrezados. Nadie sabe porqué escogieron baldosas blancas y negras para las tumbas, puede ser que simplemente fueran los colores disponibles en aquel momento. Y no solo los ajedrezados son curiosos, también el interior, porque parecen pequeñas casas, con bancos en la entrada y algunas con tanto espacio dentro que se podría celebrar un guateque. El cementerio tiene su máximo protagonismo el uno de noviembre, Todos los Santos, ese día los parientes acuden en masa a los cementerios y se encienden por la noche miles de velas que permanecen sobre las tumbas hasta su extinción.
    En Morne-à-l'Eau fue donde se plantó el primer árbol de la fruta del pan a finales del siglo XVIII, una idea del capitán del Bounty para alimentar a los esclavos. El Bounty fue un barco carguero construido en 1783 para transportar frutas del pan desde Tahití hasta el Caribe y con ellas alimentar a los esclavos de las plantaciones. El barco zarpó en diciembre de 1787 y tras diez meses de navegación llegaron a Tahití donde permanecieron otros cinco. Los marineros creían estar en el paraíso; las mujeres eran una belleza impresionante y lo más importante: accesibles y complacientes. Cuando llegó el fatídico día de la zarpa muchos marineros estaban irremediablemente enviciados. Solo aguantaron veinticuatro días, al siguiente, el primer oficial y otros once hombres se rebelaron, ataron al capitán Blight y a otros marineros, los dejaron en un bote en medio del Pacífico y ellos regresaron a recuperar sus relaciones perdidas con las complacientes haitianas. Algo debe tener el lugar porque cuando el actor Marlon Brando participó en 1962 en la película Motín a bordo, que recreaba la rebelión anterior, allí se quedó, se casó con la taitiana Tarita Teriipaia, que hacia de hija de rey en la película y se compró una isla que solo abandonaba por algún trabajo bien reenumerado. No te imagines una relación idílica entre los dos, Tarita describe a Brando en su autobiografía como una persona desequilibrada, posesiva, atormentada, enferma de celos, egocéntrica y terriblemente violenta".
    Después hemos continuado por un tramo de autopista al norte del aeropuerto. Por aquí hemos encontrado mucho tráfico y un desarrollo de civilización mucho más grande que en La Moule o Saint-Anne: vallas publicitarias, centros comerciales con marcas muy conocidas en Europa, negocios en grandes pabellones industriales, concesionarios de automóviles, el Politécnico, el campo de fútbol Pierre Antonius, complejos deportivos, el súper centro comercial Destreland, el velodromo Amédée Détraux..., talmente como si estuvieras en los alrededores de París. Pero todo cambia cuando enfilamos por la Route de la Traversée, de repente, nos adentramos en la selva, llueve muchísimo, la humedad es impresionante, parece un paisaje de invierno, incluso encontramos niebla espesa. La carretera se estrecha y los taludes laterales hacia el drenaje son altísimos, si te despistas y te sales de la carretera, el golpe tiene que ser tremendo.
    En previsión de dificultades para encontrar nuestro nuevo alojamiento Chez Yanou en Bouillante hemos llegado con una hora de antelación. Afortunadamente, el Google Maps nos ha guiado hasta la casa sin problemas, aunque cuando hemos dejado la carretera principal de la costa y nos ha empezado a subir por unas cuestas que a cada curva se hacían mayores, ya he pensado: ¡Madre mía, vaya sitio qué hemos escogido! Esto de elegir alojamiento sin conocer el terreno tiene estas sorpresas. Yo suelo usar Google Street para conocer la situación y el entorno de cada alojamiento pero Guadalupe no está fotografiada, así que hemos reservado los alojamientos un poco a ciegas, a la aventura. Seguimos subiendo hasta justo pasar el hospital Maurice Selbonen, entonces giramos a la izquierda por una carretera aún más estrecha y bajamos por una pendiente acentuadísima. Uf, no es fácil llegar, menos mal que todo el trabajo lo hace el coche. Desde luego, los pacientes del hospital no lo tienen nada fácil para llegar hasta aquí Como sigue lloviendo, nos quedamos en el coche escuchando la radio. De repente, una señora golpea en la ventanilla, es la vecina, que anda al quite y nos pregunta si somos los nuevos inquilinos. Llama a la encargada del alojamiento, que la conoce, y dice que enseguida viene. Al de quince minutos aparece Amelie, una chavala en la treintena, sonriente, morena, de pelo corto y camiseta negra de tirantes bien ceñida. Nos enseña la casa de corrido y comprobamos que la piscina es mucho más pequeña que en las fotos.

Vistas desde el piso superior de Chez Yanou

    La casa es un poco vetusta, con muebles desparejados, como restos sobrantes de otras casas. Sin cuadros ni motivos acogedores. Casi todas las lámparas son fluorescentes, hasta la del salón; se ve que a los propietarios les preocupa mucho la economía. La chica nos ha dicho que, para hacer compras, el mejor Carrefour es el del norte, porque hay dos, y donde podemos comprar langostas es en Point Noire, en el puerto todos los días y, a veces, también al lado del Carrefour se monta un puesto de pescado.
    Nosotros nos largamos al Carrefour de Malandure de compras. Enseguida nos percatamos de que los precios son más elevados aquí que en Grande-Terre, será por la gasolina y el tiempo que se gasta en subir y bajar las pronunciadas pendientes de esta isla. ¡Como para conducir con unas copas de más! De regreso, en un puesto de frutas de la carretera, nos hacemos con un hermoso corosol, nada barato, a seis euros el kilo, y una papaya, a dos cincuenta. Al regresar a nuestro alojamiento, ya de noche, sigue lloviendo; el maldito Google Maps nos guía hasta un impasse, o sea, un callejón sin salida, con una pendiente extrema, tan pronunciada que el suelo desaparece de la vista, es como si estuvieras andando sobre una superficie esférica. Y al final de la pendiente, un muro bajo, y detrás del muro, nuestra casa. La dirección era correctísima, pero el pequeño detalle de que la carretera se corta se les ha pasado a los que han hecho el mapa. Intento dar la vuelta en tan reducido espacio. La pendiente es tan grande que me da la sensación de que el coche podría resbalarse hacia abajo a pesar de estar frenado. Al girar, logro dejar el coche mirando hacia arriba pero todavía a cuarenta y cinco grados con el eje del callejón, acelero para subir y las ruedas patinan, ¡y de qué manera! Lo intento tres veces más y sigue patinando y en cada intento el coche baja un poco más. El murete cada vez más cerca y esta jodida lluvia que no cesa. Se me pasa por la cabeza dejar el coche aquí y mañana, de día, todo será más fácil, total, estamos a menos de doscientos metros de nuestro alojamiento, pero no puede ser, hay un coche al lado del murete al que cerramos el paso. No queda otra que salir de aquí ahora. Se empiezan a encender luces en las casas, cinco personas se acercan a pesar de la lluvia. Esta gente vive aquí, suben y bajan esta cuesta varias veces al día, seguro que para ellos es coser y cantar; le dejo el volante a uno de ellos y al primer intento lo saca, como era previsible.
    Sigue lloviendo. La lluvia va a ser la tónica general de todos estos días en Basse-Terre. Había leído en algún sitio que en Basse-Terre llovía algo más que en Grande-Terre pero podremos comprobar que concretamente aquí en Bouillante llueve a mares, jamás veremos un día despejado; lo habitual será ver un continuo paso de nubes oscuras de un gris plomizo.

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