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Guadalupe 2019

3 de diciembre, Sainte-Anne 11 de diciembre, Zoo Parc des Mamelles
4 de diciembre, Sainte-Anne, Saint-François 12 de diciembre, Basse-Terre
5 de diciembre, Pointe-à-Pitre 13 de diciembre, Bouillante
6 de diciembre, Bois Jolan 14 de diciembre, Chutes de Carbet, Roches Gravées
7 de diciembre, Le Moule, Saint-François 15 de diciembre, Grande Anse, Malendure
8 de diciembre, La Porte d'Enfer, Anse Bertrand, Petit-Canal 16 de diciembre, Bouillante
9 de diciembre, Museo Edgar Clerc, Morne-à-l'Eau Datos económicos
10 de diciembre, Deshaies

12 de diciembre, jueves

    Encontramos una ranita disecada al lado de la puerta, dentro de casa. Fuera le esperaba el paraíso: la piscina, los charcos, la humedad que todo lo impregna y que es pura vida para estos batracios. Salimos a las nueve y media a descubrir el sur de la isla Basse-Terre y sigue lloviendo. El mapa del pronóstico del tiempo no indica lluvia en el sur. Vamos a comprobarlo.
    Cruzamos Bouillante, siete mil habitantes desperdigados, escondidos entre la vegetación y las temibles cuestas de la falda del volcán. Bouillante significa "ebullición"; el nombre proviene de sus fuentes termales, que emergen a casi 80 °C, incluso bajo el mar. Estas aguas termales tienen sus ventajas: además de que puedes cocer huevos gratis, en 1986, EDF (Électricité de France) construyó una estación geotérmica de 15,7 megavatios, única en el Caribe y en toda Francia, que produce el diez por ciento de la electricidad que consume Guadalupe. ¿Cómo funciona? El agua de lluvia y de mar se filtra por las fracturas del terreno y baja hasta encontrarse con rocas volcánicas que calientan el agua hasta los 260 ºC. Se perfora aproximadamente un kilómetro hasta llegar a estos pozos geotérmicos y se extrae el vapor mediante tuberías. En la central se le quita al vapor toda la humedad mediante ciclones y el vapor seco, ya sin esas molestas gotitas de agua que erosionan todo lo que encuentran, se hace pasar por una turbina que transforma la energía térmica en mecánica y luego el alternador la transforma en electricidad y el monopolio estatal francés EDF la distribuye a las hogares y empresas isleñas a cambio de unos euros.
    Al cruzar por Vieux Habitants una novedad: no llueve y luce el sol. Paramos un ratito para ver su iglesia, que tiene un curioso campanario de varios techos. Fue construida en el siglo XVII por constructores francomasones de Limousin. Vieux Habitants es el municipio más antiguo de Guadalupe, fue fundado en 1636 por los primeros colonos de la Compagnie des Îles de l'Amérique. El término "habitant" se refiere a una plantación con vivienda. En aquella época se vivía del café y todavía quedan tres cafetales que producen una variedad arábica muy dulce. Se nos ocurre que podríamos ver una plantación de café, por ejemplo, Le Domaine de Vanibel, un cafetal de explotación familiar, visitable. Encontrarla no ha sido fácil; siempre que se abandona la carretera de circunvalación de la isla y te diriges hacia el centro, te enfrentas a unas cuestas impresionantes y un laberinto de estrechos caminos, pero lo conseguimos. Al lado del minúsculo aparcamiento, sobre el tronco de un árbol, un cartel amarillo nos avisa de que no hay visitas por libre, solo un único tour guiado a las tres y son las once y cuarto. Demasiada espera, nos marchamos.
    LLegamos a Basse-Terre, la capital de Guadalupe. Nadie lo diría si ya has visitado Pointe-à-Pitre. Yo estaba convencido de que Pointe-à-Pitre era la capital porque el aeropuerto está al lado, ocupa una posición central y además, Pointe-à-Pitre duplica en número de habitantes a Basse-Terre. Aparcamos muy cerca del centro, poniendo ticket del horodateur, y damos una vuelta por la calle principal. Nos quedamos asombrados ante el número de ópticas, jamás he visto una concentración semejante: Opticien Krys, Lynx Optique, Opticia, Legros Alain, Vision Plus, Vision Creol', Madras, Alain Afflelou, Cdom, Nouveau Regard, Ligne Optic, etc. Todas en unos pocos metros, alrededor del centro.

Ville Basse-Terre

    Basse-Terre, aunque no lo parezca, es la capital de Guadalupe, y se fundó, en 1643. Fue destruida varias veces durante las guerras franco-inglesas. Tras la fundación de Pointe-à-Pitre en 1759, Basse-Terre, encajada entre el mar y la montaña, comenzó su declive, su puerto nunca pudo competir con el de Pointe-à-Pitre. La puntilla se la dio la no erupción del volcán Soufrière en 1976. Desde la primavera de 1976 el volcán estaba dando señales inequivocas de que iba a estallar. Se decía que la erupción podía ser equivalente a seis bombas atómicas. A pesar de los signos externos, el vulcanólogo Haroun Tazieff dijo que no había ningún peligro. Pero todavía se recordaba la erupción del Monte Pelée de 1902, que se cobró treinta mil muertos en Martinica, así que más de setenta mil personas evacuaron de los alrededores, por si las moscas. Sólo unos pocos, los que no tenían mucho más que perder que la vida, se negaron a marchar. Por los pueblos solo vagaban los animales domésticos y los perros se morían de hambre. Toda la vida económica, pero especialmente administrativa, se trasladó a Pointe-à-Pitre. Sin embargo, pasaba el tiempo y nada ocurría. La gente empezó a regresar, pero no todos; muchas empresas jamás volvieron y Basse-Terre nunca se recuperó, perdió su antigua posición económica y está hundida en un suave letargo,

Una calle del centro de Bass-Terre


    Seguimos andando por la Rue de la Republique y nos topamos con el mercado cubierto, con muy pocos puestos activos. Aún así compramos alguna cosa porque los precios son atractivos, no tan contenidos como en Grande-Terre, pero mejor que en otros comercios de la isla: mermelada de grosella del país, más maracuyas, a cuatro euros el quilo, y un pomelo chino.
    Para mover el bigote escogemos el restaurante Le Jazzy's. Nos atiende una camarera muy jovencita con un inglés perfecto. La comida sale sin dilación de la cocina: ensalada de gambas con aguacate y costillas de cordero.
    Tomamos el coche y llegamos a Trois Rivières por la nacional uno. ¡Qué maravilla conducir por una carretera recta aunque solo sea unos quilómetros. Si volviera alguna vez a Basse-Terre creo que esta zona sería la elegida, el tiempo es mejor que más arriba y la zona para las caminatas por el bosque están próximas. Desde el puerto de Trois Rivières salen los ferris hacia las islas de los Santos: Terre-de-Bas y Terre-de-Haut. El nombre se lo dio Colón cuando arribó aquí el día de Todos los Santos de 1493. Todo son facilidades: el parking al lado del embarque, cinco euros diarios, y muchas agencias de ferris diferentes: CTM DEHER, Valferry, etc. Sería estupendo hacer una visita a estas islas hechas a la escala del caminante; apenas dos kilómetros te separan de cualquier punto, aunque la orografía es muy montañosa. Vemos el pronóstico del tiempo y da lluvia para mañana y aquí nunca se sabe si lloverá durante todo el día o veremos algún claro, es impredecible. Charlamos con el chico que atiende la taquilla y nos dice que la excursión más bonita es a Terre de Haut, a las playas se puede ir caminando y el pueblo tiene su encanto, ya sabes, para agradar al turista: pequeños detalles arquitectónicos, adornos en las casas, jardines llenos de flores, fachadas de colores, el fuerte de Napoleón III, etc. Todavía mejor sería pernoctar varios días en Terre de Haut. Pues claro que sí, pero en otra época, con menos lluvia.

Taquilla para comprar billetes a Los Santos

    El lugar arqueológico Roches Gravées de Trois Rivières es gratuito (bueno, la voluntad) y dicen que muy interesante. Cuando llegamos, justo acaba de salir la última visita. Le decimos a la chica que no nos importa perder cinco minutos, que si nos podemos incorporar al grupo. Pues va a ser que no. Nos entretenemos leyendo los paneles con abundante información que explican los grabados. Al lado del aparcamiento hay una juguería estupenda que nos está llamando. A ver qué tienen: corosol, maracuyá, papaya y carambola, a tres euros, mélanger a cuatro. Arantza se toma un jugo de maracuyá y yo un agua de coco.
    De regreso hacia nuestro alojamiento en Bouillante, al pasar cerca del puerto de Baillif, en la esplanada a la izquierda, poco antes de la gasolinera de Total, divisamos un puesto de pescado con un montón de langostas. Paramos inmediatamente. Afortunadamente, el precio es contenido: veintiocho euros el kilo. Nos llevamos la más grande, un quilo cuatrocientos, y también un pescado rojo con pintas blancas. Las pobres langostas están como anestesiadas, no se mueven mucho; Arantza le pregunta si realmente están vivas, el pescatero, con mucha sorna, contesta que sí, que solo están fatigués.
    La vuelta se me ha hecho eterna: es de noche y la estrecha carretera está llena de curvas, subidas, bajadas, cruces, bordillos, lomos de burra, coches mal aparcados, líneas mal pintadas y los focos de los camiones que vienen de frente me deslumbran, además tengo que estar pendiente de los que llevo detrás, que siempre hay gente que se pone nerviosa y me adelantan apurando el espacio. Al menos no ha llovido.

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