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Guadalupe 2019

3 de diciembre, Sainte-Anne 11 de diciembre, Zoo Parc des Mamelles
4 de diciembre, Sainte-Anne, Saint-François 12 de diciembre, Basse-Terre
5 de diciembre, Pointe-à-Pitre 13 de diciembre, Bouillante
6 de diciembre, Bois Jolan 14 de diciembre, Chutes de Carbet, Roches Gravées
7 de diciembre, Le Moule, Saint-François 15 de diciembre, Grande Anse, Malendure
8 de diciembre, La Porte d'Enfer, Anse Bertrand, Petit-Canal 16 de diciembre, Bouillante
9 de diciembre, Museo Edgar Clerc, Morne-à-l'Eau Datos económicos
10 de diciembre, Deshaies

3 de diciembre, martes

    El viaje en avión Bilbao-París-Guadalupe ha transcurrido con maravillosa normalidad; lo único reseñable ha sido que en París hemos cambiado de aeropuerto y para el traslado desde el Charles de Gaulle al de Orly es necesario conseguir un billete para el autobús Le Bus Direct, línea 3. Hay numerosas máquinas expendedoras en el trayecto hacia los autobuses, pero si es prepagado, como el nuestro —el precio del autobús está incluido en la tarifa aérea ya que los dos vuelos los hacemos con Air France—, el billete lo emite un ser humano en el puesto de facturación número siete de Air France de la terminal 2F.
    Llegamos puntualmente al aeropuerto internacional Pointe-à-Pitre, Le Raizet, también conocido como Aéroport Guadeloupe Pôle Caraïbes. Guadalupe o Gwada, como dicen en criollo, pertenece a Francia desde 1814, es parte de la Unión Europea. Como somos españoles, el documento de identidad es suficiente para cruzar el control de inmigración. Son las siete y ya es de noche, aquí el sol se pone a las seis menos cuarto y amanece a las seis y media.
    Antes de venir preguntamos a la compañía telefónica Movistar si había roaming en Guadalupe y la respuesta fue que sí; el coste de las llamadas telefónicas con España es de más de cinco euros por minuto y utilizar Internet tiene un precio parecido, así que nos limitaremos a conectarnos en los lugares con güifi: en los alojamientos y otros lugares, como restaurantes.

Esperando a la buseta de Avis

    Las oficinas de alquiler de coches están fuera del edificio del aeropuerto, a la derecha, a tiro de piedra. En el puesto de Avis nos dan las llaves y el contrato y una buseta de ocho plazas nos traslada al depósito de coches, a un kilómetro del aeropuerto. Habíamos pedido un Nissan Note o similar y nos asignan un Fiat Punto de cambio manual, matriculado en agosto de 2018, con 16.286 kilómetros, que funciona bastante bien. Le hago unas fotos para dar fe de su estado a la entrega.
   Son las ocho y media cuando salimos de Avis para dirigirnos hacia nuestro alojamiento Bois Patate en Sainte-Anne. Nos guía el Google Maps del móvil. Las carreteras son estrechas, escasamente iluminadas y con numerosas curvas donde no es posible superar los sesenta kilómetros por hora. Afortunadamente el tráfico es muy escaso. Nuestro anfitrión nos llama por teléfono, debe andar preocupado porque no llegamos; tranquilo, que en diez minutos estamos allí.
    El Google Maps nos lleva sin problema hasta la calle Impassse1 Bois Patate que, por cierto, su conexión con la nacional cuatro se esconde tras el espeso ramaje de un árbol, se diría que entras en una trocha guerrillera; los primeros metros están en un estado deplorable, una mezcla de piedras y tierra con grandes socavones; llegamos a dudar de que sea el camino correcto, pero se ven casas, así que adelante. Afortunadamente, pasados treinta metros, el estado de la carretera mejora hasta un asfaltado impecable. ¿Cómo se entiende eso? A ambos lados de la calle aparecen chalets unifamiliares de diversas formas y colores; en los solares llenos de vegetación observamos coches abandonados, acatarrados. Están por toda la isla: entre la vegetación o simplemente aparcados al borde de las carreteras, o en las calles de las urbanizaciones, con su matrícula intacta, generalmente sin ruedas o con ellas pinchadas. Es una situación que no acabo de entender porque Guadalupe cuenta con ocho centros VHU (Véhicules Hors d’Usage) donde se reciclan los vehículos de manera gratuita. Además, dejar un coche abandonado va en contra de la ley: está penado con hasta dos años de prisión y 75000 € de multa según el artículo L.541-46 del código del medio ambiente.
    A pesar de la oscuridad, la casa es inconfundible desde lejos, es la pintada en granate. Nos esperan con la cancela abierta para que ingresemos el coche y nos recibe una familia encantadora compuesta por un matrimonio y dos niñas, la más pequeña enseguida desaparece pero la mayor, de unos trece años, alta, delgada y con gafas se mete en la conversación al menor resquicio. Nosotros hablamos mejor inglés, pero nos defendemos también en francés. La niña echa mano del traductor de Google cuando nos quiere decir algo y lo parlotea en español con una pronunciación bastante correcta. Tras interesarse por nuestro viaje, nos muestran el apartamento, que está situado en un edificio casi pegado a su casa, encima de un garaje. Subimos unas escaleras metálicas de huella antideslizante y al abrir la puerta, nos recomiendan que la dejemos abierta para que corra el aire, y nos enseñan cómo amarran la manija al barandal con una correa elástica para evitar los portazos ocasionados por el incesante y fuerte viento que azota de manera permanente la isla. El apartamento parece muy nuevo, con absolutamente todas las ventanas abiertas, corre un viento tremendo al que no estamos acostumbrados. La ventana justo enfrente del fregadero no tiene ni cristales, tan solo persiana, de hecho, en muchos apartamentos que vimos en Internet, la cocina está bajo techo pero no cerrada, el viento corre sin impedimentos; no se necesita extractor de humos. No estamos acostumbrados a un viento tan fuerte, ni a este calor, así que para disminuir el calor dejamos abierta la puerta y también la ventana grande a la que da el fregadero de la cocina; la corriente que se crea alivia el calor, pero hace volar las servilletas y cualquier papel o cosa que pese poco.
    Todos los miembros de la familia trabajan o estudian en la capital, Pointe-à-Pitre, y viven aquí porque el precio de las casas es más económico que cerca de la capital. Nos invitan al típico aperitivo antillano: el pequeño ponche o Ti-punch, que es una mezcla de ron blanco, azúcar y lima. El nombre del ron es Damoiseau. Nos inundan con recomendaciones de restaurantes, heladerías, etc. Nos interesamos por la posibilidad de comprar langosta y pescado y nos indican que en Medy Poisson, al lado de la gendarmerie, podremos comprarlo, además la langosta anda barata, a veinticinco euros el kilo.
    Nos informan de que algo que ni imaginábamos: hay cortes de agua tanto en Basse-Terre como en Grande-Terre y hoy, precisamente en este momento, no sale gota del grifo. Mañana sí, pero ahora no. El señor abre la puerta del armario bajo la fregadera y señala una docena de botellas de agua de plástico con agua del grifo. No solo hay cortes de agua rotatorios, sino que el agua del grifo no es potable en toda la isla. La culpa es de la dejadez de la Administración, la red de agua está en un estado alarmante de obsolescencia, con problemas de contaminación en las fuentes de captura. Con este calor nos hubiera venido bien una ducha antes de meternos al catre.
    El señor nos invita a un jugo de coco; tienen un cocotero dentro de su propiedad. También nos invita a un Ti Punch y lo hace ahí mismo con azúcar moreno, jugo de limón y ron. También nos han dejado dos piñas pequeñas ya peladas, de su jardín.
    Por fin nos dejan solos, medio borrachos, ya teníamos ganas de descansar y de quitarme la camiseta térmica, que en París había dos grados. Para nuestro cuerpo es muy tarde, casi las dos de la mañana. Cerramos todas las ventanas, que nos vamos a volver locos con este viento, y ponemos el aire acondicionado. Pasados cinco minutos llaman a la puerta, es la hija adolescente que nos trae una botella de plástico cortado por la mitad para que la utilicemos en la ducha. Muy práctico.

    Nota 1. Impasse significa calle muerta, sin salida.

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