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República de Chile 2018

23 de noviembre, Santiago 2 de diciembre, El Calafate, glaciar Perito Moreno
24 de noviembre, San Pedro de Atacama, Valle de la Luna 3 de diciembre, El Calafate, Puerto Natales
25 de noviembre, Toconao, lagunas Chaxa, Miscanti y Miñiques 4 de diciembre, Milodón, Torres del Paine, lago Grey
26 de noviembre, San Pedro, géiseres del Tatio 5 de diciembre, Balmaceda, Serrano, Punta Arenas
27 de noviembre, San Pedro, Pucará de Quitor, Santiago 6 de diciembre, Punta Arenas, Santiago
28 de noviembre, Puerto Varas, Llanquihue, Frutillar 7 de diciembre, Santiago
29 de noviembre, Llanquihue, Chacao, Dalcahue, Castro 8 de diciembre, Santiago, Valparaíso
30 de noviembre, Ancud, Caulín, Puñihuil, Puerto Montt 9 de diciembre, Valparaíso, Santiago
1 de diciembre, Puerto Montt, Punta Arenas, Puerto Natales 10 de diciembre, Santiago
Datos económicos

29 de noviembre, jueves

    Día nublado, amenaza lluvia. Dejamos Llanquihue y nos dirigimos hacia la Isla Grande de Chiloé, a ver las famosas iglesias chilotas. Al pasar sobre el río Maullín veo un pescador probando suerte. ¡Qué envidia! Ya me gustaría echar unos lances. No lo puedo evitar, tengo que parar a inspeccionar el río. Parqueamos en el Paseo de las Esculturas, en la orilla del río, junto a cuatro vagos, que, tirados en la hierba, nos observan con atención, a ver qué (les) hacemos. El pescador lanza un pez artificial muy pesado, de fondo, y sigue su trayectoria muy concentrado, para no engancharlo en el lecho. El río es caudaloso, de fuerte correntada, lecho de piedras y transparente cerca de las orillas. Los que más rendimiento le sacan al río son los yecos (cormoranes), tras cada zambullida siempre aparecen con un pez en la boca. No fallan. Las gaviotas andan al quite e intentan robarles el pez del pico. El río Maullín es famoso por la cantidad y calidad de sus peces; en sus aguas nadan el salmón Chinook, que puede llegar a los veinte quilos, el salmón plateado y las truchas arcoíris y marrones, estas últimas de hasta ocho kilos. La licencia semanal para los extranjeros cuesta 13800 pesos, unos dieciocho euros.

Río Maullín a su paso por Llanquihue y Paseo de las Esculturas

   Truchas y salmones son peces foráneos, importados durante los siglos diecinueve y veinte, que han diezmado la población autóctona de bagres, pejerreyes y peladillas, pero nadie alza la voz para pedir la erradicación de estas especies, el negocio de la pesca deja mucho dinero y además, todos prefieren tener como pez estandarte un salmón Chinook que a una peladilla.
    En Pargua cruzamos el canal de Chacao en un transbordador de Transmarchilay. Cada treinta minutos zarpa uno. Nosotros no esperamos ni un segundo, es llegar y embarcar. Llueve ligeramente. Treinta y cinco minutos de travesía y ya estamos en Cachao. En Cachao fue precisamente donde un grupito de españoles construyeron el primer fuerte de la Isla Grande de Chiloé. Llegaron, aproximadamente en 1600, escapando de las feroces tribus mapuches del norte, que llenos de odio y resentimiento, se habían rebelado contra ellos por las crueles condiciones de su esclavitud. Muchos españoles se quedaron y, en este relativo aislamiento, se mezclaron rápidamente con los indígenas y sobrevivieron en condiciones de pobreza. Cachao es muy pequeño y con esta lluvia no se ve un alma por la calle, parece un pueblo fantasma. Sus dos mil quinientos habitantes se dedican a la captura del cangrejo, las salmoneras, el cultivo de choritos (mejillones) y la artesanía de lana y madera.

Iglesia de San Antonio de Chacao

   Nos detenemos frente a su principal atractivo, la iglesia de San Antonio, de dos torres, construida en 1930 y completamente refaccionada en 2006. Chapas de fierro acanalado forran cubierta y fachadas. Justo al lado de la iglesia hay una tienda, Artesanías Chacao se llama; en el escaparate anuncian que venden calugas caseras chilotas, un dulce hipercalórico a juzgar por los ingredientes: azúcar, mantequilla, leche condensada y vainilla. No lo catamos; ya me gustaría probar todo lo que desconozco, pero hay que moderarse o la salud acaba por resentirse.
    Continuamos hacia Dalcahue, que significa "lugar de dalcas", un tipo de embarcación. Dalcahue es una ciudad que no llega a los veinte mil habitantes, pero se ve muy animada; mucha gente llega hasta aquí para tomar el ferri que cruza a la isla Quinchao. Nuestro plan era pasar también a la isla para visitar la iglesia de Achao, la más bonita de las iglesias chilotas, dicen, pero la lluvia y el día tan triste nos desaniman.
    Un lugar realmente curioso es la cocinería de Dalcahue, dentro de un galpón de tejuelas de alerce sobre palafitos, al borde del mar, de un aspecto exterior un tanto desaseado. Más parece un mercado que un restaurante, con varios puestos bien delimitados, cocinan a la vista. Nada de mesas, se come frente a la pared o acodados en la barra de cada puesto, como en los bares. Sirven cocina casera típica chilota, contundente: curantos, cazuela chilota, asados de cordero y lechón, paila marina, estofado de vaquilla, merluza, cancato (salmón con longaniza y por encima queso derretido), cazuela de gallina de campo y, por supuesto, las empanadas. Las cantidades, abundantes, los precios, contenidos. Por ejemplo: una ración de salmón fresco a la plancha con ensalada de lechuga y tomate cuesta seis euros, el precio incluye pan y un acompañado de pebre picante o una salsa de cilantro y ajo. Escogemos el puesto que más nos gusta y esperamos, porque está abarrotado. Por fin, se levanta una pareja, la señora del puesto nos llama y que nos sentemos. ¿Y la calidad? Para que nos vamos a engañar: del montón.

Cocinería de Dalcahue

    Salimos de la cocinería, a ver si con el aire fresco se nos quitan los olores que tanto guiso nos ha dejado en la ropa. Al lado de la cocinería se encuentra la feria artesanal Manos Chilotas, donde las guías de viaje dicen que se venden los productos más auténticos de Chiloé a los mejores precios.
    En Dalcahue viven de lo mismo que en Cachao: salmoneras y cultivo de choros. Esto ha cambiado su forma tradicional de vida; antes los pescadores trabajaban al ritmo de la naturaleza, de las mareas, había la posibilidad de hacer mingas, de asistir a duelos, de atender las necesidades estacionales de los cultivos, de acudir a las fiestas populares... Ahora, con la producción industrial no hay tiempo para nada, se quejan los lugareños, estas empresas no respetan nada de eso. El trabajo en las salmoneras les ha convertido en obreros industriales, con códigos de trabajo ajenas a sus libertades y horarios que rompen sus esquemas familiares. La contaminación que han traído estas industrias, la llamada feca, está acabando también con la pesca tradicional y con todo el sistema marino de los alrededores.
Cables eléctricos en Castro
    Paseamos un poco por Dalcahue; un letrero dice "Arriendo domos: fono - 954 062 472". Se llaman domos a casas rurales o cabañas en forma de casquete esférico, al menos la techumbre. En una tienda venden quesos con un aspecto estupendo, licor de oro, miel de flores de ulmo, sal de mar con merkén, que es un polvo rojo preparado con ají seco picante algo ahumado, tradicional en la cocina mapuche. También vemos huevos de colores. Nos topamos con la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, abierta. Como curiosidad, los pilares del frente no sostienen nada, simples adornos.
    Seguimos hacia Castro, la capital de Chiloé. Parqueamos en la plaza de Armas, justo al lado de la iglesia de San Francisco, pintada en amarillo y morado. Toda ella está recubierta con chapa ondulada de acero galvanizado, la madera de la estructura interior es raulí y olivillo. Los altares son de ciruelillo y las sillerías del coro, de ciruelillo y alerce. Como todas las iglesias de madera, el peso se transmite al suelo por apoyos simples mediante vigas que apoyan en un entramado de poyos y bases de piedras. Gracias a su estructura de madera y buena construcción, el megaterremoto de 1960 no le causó grandes daños.
    Ahora nos damos un paseo por las calles aledañas a la plaza de Armas. Algo que nos llama mucho la atención es el caótico aspecto de los cables aéreos eléctricos; se podrían soterrar, pero resulta caro, aunque los cables aéreos tienen muchos riesgos: la nieve hace que las ramas de árboles caigan sobre las redes eléctricas y se produzcan cortes masivos de luz. Con tiempo inclemente también los postes eléctricos caen. A la larga, los ingenieros dicen que los costes de mantenimiento son menores en las soterradas. Lo que es indudable es que las ciudades ganarían estéticamente. Las líneas aéreas tienen una ventaja: ante una avería, es más fácil subirse a una escalera que cavar. Ah, y es más fácil robar la luz.
    De vuelta a nuestro hotel paramos en el mirador del puente Gamboa para ver las casas sobre palafitos y hacer unas fotos, y luego parqueamos en la Ernesto Riquelme, que es la calle donde miran las casas por su parte posterior. Pocas de estas casas pertenecen ahora a los pescadores, la mayoría han sido compradas por emprendedores que con mucho esfuerzo y pidiendo créditos las han reconvertido en hoteles boutique, restaurantes y tiendas de artesanías.

Casas sobre palafitos de Castro en marea alta. Vista desde el mirador del puente Gamboa.

    Al atardecer la temperatura baja y queda muy poca gente por la calle, así que buscamos refugio en nuestro alojamiento en el Enjoy Chiloe, Hotel de la Isla, que tiene un precio estupendo para su calidad y unas bonitas vistas sobre Castro y el mar.

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